Por: Ana María Muñoz
Más allá del encanto que ofrece el golfo caribeño, hablemos de la cotidianidad que nos ofrecen quienes lo visitan.
-Seño, seño ¿quiere arrocito e’ cangrejo?
Decía desde lejos un joven lugareño, a quienes con apariencia de turistas se paseaban por las playas de la Martina, jurisdicción del municipio de Turbo. A lo lejos se acercaban otros vendedores, estos salen desde temprano a ofrecer una variedad de mariscos en grandes ollas que empacan desde la casa, no muy lejos de allí. Dulcecitos para el día festivo, como cocadas, caballitos, manzanas acarameladas y algodón de azúcar de todos los colores que sin duda nos remonta a la más tierna infancia.
-“Mira, mira estos mangotes que cogí en mi casa. De seguro en un ratico los vendo”, se escuchaba en otra conversación cercana de dos “pelaos” –como se dicen ellos-, de donde nos encontrábamos.
Antes de ubicarse, uno primero le da una caminada grande al lugar para ver en donde se encuentra más tranquilo y que además haya una buena sombra de palma, totumo o almendro para descansar; en el recorrido, nos dimos cuenta de que muchos lugares estaban completamente solos, pues es una temporada baja para quienes viven del turismo. La propietaria de uno de los locales, nos contaba que le había tocado cerrar porque la gente había dejado de ir, entonces no justificaba gastar en energía y en toda la logística que demanda tener que abrir el negocio.
Muy pronto encontramos un sitio apacible para alimentar el corazón de serenidad en plena orilla del golfo, el lugar no estuvo muy concurrido, salvo por unos cuantos vendedores y turistas que pasaban por allí, había varios troncos organizados a manera sillas y mesa, a simple vista se notaba que la mayoría los había arrojado el mar, y lo único que se tuvo que hacer fue cortar un poco para que quedaran listos.
Uno de los disfrutes que ofrece la playa es sin duda caminar descalzo y sentir la arena, tan fina y delgada que se asemeja a un delicado masaje natural, eso sí debe estar fresca, porque cuando se calienta con esos solazos ¡No hay quien se quede parado un minuto encima de ella!, además eso de hacer figuras con ella es todo un arte, hay quienes la moldean de diferentes maneras hasta crear animales, castillos, palabras… hasta lo inimaginable, en mi caso no se me facilita mucho y prefiero disfrutarla con los pies.
Estaba limpiecita la playa, los propietarios trabajan bastante por mantenerla libre de basura, pero el trabajo que hay que hacer con quienes la visitan es bastante, para que se apropien del cuidado y no sólo del disfrute, cuidarla es casi una obligación, pues, poder descansar en ella sin tener que pagar nada es un regalaso. Además para alguien que ve una utilidad en casi todos los pedazos y pedacitos de madera que hay en la orilla es muy divertido, entre la gran variedad escogimos 5 “lienzos” para pintar sobre ellos, la mayoría de esa madera no se utiliza, pienso que si alguien juiciosamente recoge a diario lo que acarrea el mar, fácilmente construye la casa y hasta los muebles.
Caída la tarde los colores son impresionantes, dignos de admirar, cual artista pintando el cielo, la obra se refleja en el infinito océano y se adentra en el corazón, los matices empiezan a jugar con los tonos fríos, dando destellos del sol que aún se resiste a dormir, y cuando por fin se decide a descansar nos regala un juego de tonos verdosos y anaranjados, uno los captura de diferentes maneras, en fotografía, a través de un poema, en un dibujo o simplemente bajo una cálida mirada que recordará esos momentos a donde quiera que vaya.
A quienes viven en la región los invito a caminar estas playas, la que escojas alberga la vida y el encanto que te mencionamos, además visitarlas no es costoso, si empacas “el fiambre”, no gastas si no en pasajes o gasolina en caso de que tengas un vehículo, y por supuesto la opción de “piratear” y evitar ese costo, para quienes se atreven a aventurar un poco más.