Una familia extranjera en Urabá

Por: Devanny Benitez Muñeton – Foto: RCN Radio

Muchas son las historias de extranjeros que han llegado por estos lares y se han enamorado de esta nación, convirtiéndola en suya, construyendo una familia y una vida muy lejos de su tierra natal. Personas que sintieron que su corazón pertenecía, de manera inexplicable, a un país llamado Colombia.

A Colombia llegan anualmente unos seis millones de turistas de acuerdo con cifras reveladas por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo el año 2017 y que representó un aumento del 28% con respecto al año 2016, esto convirtió al sector turístico en uno de los más importantes y que más generan divisas al país.

Así como llegan, muchos parten. Algunos con visitas cortas y otros extendiendo su estadía con el ánimo de recorrer con cautela las maravillas de esta patria. Al parecer una de esas maravillas obligatorias es Urabá.

Recorriendo las calles de mi natal Chigorodó, comencé a percibir la presencia de tres personas, dos mujeres y un hombre, que en un pueblo donde casi todos nos conocemos, resultaban un tanto extraños a mis ojos. Un par de veces me los topé en el local de comidas de un amigo. En aquellos encuentros también aprecié que su acento era un poco diferente, por lo que en mi mente lancé una frase típica: “esa gente no es de acá”.

Empecé a preguntar entre conocidos y alguno me dijo que eran de nuestro hermano país Venezuela. Haciendo juicios impertinentes pensé, que como todos últimamente, habían llegado a estos lares en huida a las problemáticas que vive ese país actualmente. Les adelanto, estaba equivocado.

Con mi instinto de Inspector activado e intrigado por su situación, emprendí una travesía de acercamiento. Yo, parlanchín, ellos, un tanto tímidos. A uno se le escapó entre pequeñas charlas interrumpidas por su ánimo de no hacerme saber mucho de sus vidas, que eran acreedores de una pequeña empresa y que eran hermanos. Mi intriga creció aún más. Averigüe dónde se ubicaba y llegué con el pretexto de comprar algunas delicias que ofrecían. Encare con mirada fija al varón. ¿Su nombre? Carlos Fernández de 26 años. Lleva a cuesta una carrera de Derecho que no ejerce, no porque no quiere, sino por amor.

Llegaron a Chigorodó de pura coincidencia y por una recomendación de un conocido. A su hermana, una mujer que conoció en unas vacaciones en Cartagena, le habló de un pueblito entre montañas y valles de gente amable, querendona y de paz. Su hermana llegó primero, posteriormente él. Llegaron con la simple intención de conocer. “Nos enamoramos apenas llegamos y lo que inició como una visita turística, termino con nosotros tres, mis papas y mis sobrinitos viviendo acá”, asegura entre risas Fernández.

La familia tiene una pequeña empresa de alimentos que día a día crece y se abre camino en el municipio y su gente. Como dije unos párrafos arriba, estaba muy equivocado, y es que ellos llegaron acá con el corazón, dejando su tierra, porque como les pasa a muchos, sintieron que su corazón, inexplicablemente, pertenecía a este territorio.

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